Cada individuo se descubre inmerso en una sociedad en la que interviene y a la vez es influenciado, a la que juzga de manera concatenada con el objetivo de balancear su comportamiento y mejorar el beneficio. Interviene para utilizar el ámbito adaptándose al mismo en la medida necesaria al criterio personal, siendo influenciado por el medio circundante que a su vez lo manipula en determinados conceptos con objetivos ajenos, y de manera consciente o no el sujeto juzga para censurar o filtrar lo apropiado a sus intenciones.
Pero dada la poca elevación social que lo motiva, no comprende las consecuencias de su actitud en el futuro inmediato, solo se abriga con ropajes circunstanciales cuya moda no supera los dos o tres años posteriores. El hecho de adinerarse para maquillarse hoy le resulta suficiente en la concepción de la realidad, menospreciando el precio que pagará en muy incómodas cuotas cuando el vacío laboral le inunde el frágil castillo fabricado sobre el barro bancario, moral y político que lo maniobra estas horas.
Este individuo no asimila que la mentira y la hipocresía son el estandarte del discurso sociopolitizado del supremo elegido, quien con la mano derecha reparte migajas de pan sobre la vanidad clasista, mientras que con todo el resto de los miembros corporales desplaza fortunas nacionales hacia madrigueras íntimas que alimentan su poder y control sobre el enemigo opositor, a quien reprime con difamaciones cuando intenta cuestionar, y muy duramente cuando arriesga actuar.
Es claro que corromper es comprar –o alquilar– voluntades y actos ajenos, al considerar que quien esta disponible es el mismo individuo mencionado antes, con la particularidad de acceder a la cercanía del poder y plasmar sus convicciones en la bandera del billete de la prosperidad vigente, negando así su persona, la de sus allegados y descendencia. Aceptar estas reglas de juego es precisamente no tenerlas, dando validez al afecto narcótico que subyuga al futuro dentro de las redes cósmicas de la nada. |
Es dificultoso no traducir que la industria se desploma, que el agro no progresa en alimentos animales ni vegetales, que el comercio mundano exige más tiempo para ganar menos, que las rutas se quiebran y el transporte envejece, que la falta de energía acosa con obras inexistentes, que la violencia crece en la inseguridad citadina tanto en técnicas de robo como en justicia tuerta, que el ciudadano pacífico está preso bajo el control policial, que el deporte es una pantalla donde detrás se amasa ganancias sin moral, y que el anonimato laboral es la fuente de ingresos apabullantes de muchos.
Al no traducir la realidad se acumula lodo en los tímpanos de la razón, donde cada palabra de verdad que tropieza con el cieno genera solo contradicción, agresividad y autismo fóbico, aferrándose el sordo a la generalización de la situación, en la comparación y la nulidad adversaria, justificando cada suceso con la incompetencia de los que hacen y producen, señalando los errores ajenos y culpando en círculo a todos los que no comparten la ideología del saqueo y condenando al poseedor de algo sobre todas las faltas sociales.
Esta negación sistemática oscurece cualquier sociedad –o acumulación humana–donde el progreso es enemigo, solo el placebo del presente estomacal es la bandera que guía hacia el descenso y la desorientación del conjunto, pero cuando la mayoría del conjunto niega la visión, una solo pupila toma el mando del timón para apoderarse del botín. |