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Dinero con miseria
por Teodoro Valentin - 21-Mayo-2013
 
Acopiar no implica crecer de manera personal,
solo genera cierta abultada admiración social.

Acumular dinero en la era globalizada responde al concepto humano sobre la inseguridad terrenal, cuyas pautas se hunden en la lejanía de la historia mortal reiterándose en todas las épocas variando solo el ropaje y las costumbres artísticas. Si bien las necesidades de cada era exigen cierta cantidad de bienes materiales, también se descubre la puerta de la suntuosidad, que muestra al transponerla la ventana de lo exuberante y el exceso que resguarda eventuales generaciones futuras.

Cuando todo el esfuerzo cronológico se centraliza en la tarea ganancial —sin discriminar detalles sobre la misma ni metodologías éticas— tropezamos con la pérdida absoluta de valores conceptuales acerca de la trascendencia existencial, demostrado en cada paso realizado donde solo lo tangible justifica la inversión del tiempo, mientras que la donación reemplaza al esfuerzo intelectual, cultural y espiritual.

Mientras se abriga la conciencia con justificativos temporales sobre la pereza espiritual, se desarrollan actividades físicas de distinta índole, se ejercita paisajismo por distintos espectáculos públicos así como se prodiga tiempo al esparcimiento familiar, completando las horas restantes con descanso merecido contrarrestando al estrés de la vida moderna; dada la falta de minutos intelectuales siempre se enarbola la voluntad de aprender como a un edén inalcanzable.

La adaptación mundana acepta y glorifica el esfuerzo laboral ajeno como la cumbre álgida del proceso terrenal de existencia, doblegándose ante la casualidad de la misma como un accidente químico generado por los progenitores, sin nunca indagar más allá del conocimiento convencional de lo creíble científicamente, pero aceptando de manera conveniente que luego de la vida el cielo acepta solo aquellos que han fructificado sus obras. Es difícil erradicar la contradicción cuando invade al corazón.

Se niega la espiritualidad ante la productividad de cada acto y verbo, ignorando que el paso siguiente que se ejecuta responde a un estímulo etéreo, a una impulsividad, a un deseo o a una pasión, pero acomodar la fría lógica a las respuestas trascendentales acomoda la conciencia hacia el norte monetario, practicando el deporte natural de la ambición con libertad y vehemencia, cuyos abstractos valores se representan en al cantidad y deshonran la calidad.

Mientras la opulencia se acumula y predomina en los actos, disminuyen los valores subjetivos, guiando al individuo hacia el precipicio de la seducción y la confusión, germinando un vacío nunca satisfecho que se oprime ante la falta de elogios, desechando al progreso de la personalidad tal como a una abultada propina que solo ostenta pero no enriquece a nadie.

Esta indigencia intelectual —cubierta del dorado manto del lucro— conforma un ser que nada aporta a su medio para crecer, pero sugiere la moraleja de lo que no debe hacerse, ni antes ni después del minuto perdido en banalidades como centro existencial.

 
 
 
 
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