EL Representante no define ni asume responsabilidades de gravitación gubernamental, suele ser la imagen de un conjunto que traslada mensajes a cambio de un salario. Su habilidad profesional es rodearse de un halo de elegancia circunstancial que lo combina con el medio donde se desenvuelve, cuya diplomacia innata le permite absorber disparos verbales sin inmutarse mientras continúa dialogando en su línea de manera insensible, consciente de que su función es complacer y reunir adeptos, así como utilizar el esfuerzo ajeno para obtener ganancias propias o migajas de superiores.
Pocos ciudadanos desean ser representados a la hora de seleccionar un gobernante, pues la incompatibilidad de sus funciones los inhabilita para intercambiarse, resultando poco probable aglutinar en un ente humano ambas funciones pues las energías aplicadas son antagónicas y explosivas. Considerando que a la hora de votar el ciudadano asume la incumbencia de seleccionar un gobernante, debe diferenciar la función para no eyectar su voto hacia un representante sino a la capacidad de conducir que ofrece el candidato, encontrando el punto de inflexión en la diatriba proselitista cuando su contenido se atiborra de promesas que claramente no podrá cumplir —pues pocas veces se expone el medio para plasmar el objetivo—, así como analizar los bienes materiales que posee y estimar la medida de su ambición. |
En escasas oportunidades se promociona la personalidad del candidato con valores de juicio, solo se expone una historia laboral atiborrada de éxitos, cargos y ascensos, que nadie verifica ni cuestiona, sellando la claridad consecuente que en su espacio de trabajo la armonía del crecimiento iluminaba a sus pares, a los cuales nunca se los entrevista ni tienen espacio para exponer su opinión sobre detalles y rasgos del humor y carácter del promocionado. O sea que sobre una base perforada de incógnitas se determina de manera sentimental a un individuo del cual se espera capacidad concreta de liderar y orientar el destino de una nación que alberga habitantes dóciles y trabajadores.
Elegir es tomar una decisión, donde el margen de error es escaso y las consecuencias no muestran límites; pero si cualquier error se corrige, ¿por qué no desviar el camino al descubrir que el abismo se acerca? |