Considero que las diferentes pautas motoras que asume el humillador se descubren cuando su actitud se aplica sobre un individuo de manera transparente o pura —sin emociones de por medio—, o sobre un opositor a sus ideas que es considerado como un enemigo real y mortal.
Puedo acertar al descubrir que humillar es destacar las particularidades ajenas inferiores a las mías, ya sean culturales como materiales, dejando claro que mi superioridad intelectual me coloca en un plano de aciertos y conocimientos insuperables por dicho ente, en consecuencia su obediencia incondicional me hace sumar súbditos a mi corte feudal. Si bien esta postura no aporta nada a mi crecimiento espiritual ni de ninguna otra área del conocimiento, satisface de manera óptima ciertas pasiones recubiertas de disminución social que aún no he interiorizado en su valor intrínseco, necesitando del bastón ajeno para destacar su relevancia, ya que no asumo aún que poseo valores que otrora fueron humillados o no son cotizados en el combate social de la verticalidad deslumbrante.
Este ocultamiento acerca de la inferioridad sobre ciertas particularidades personales pueden tener —o no— objetivos divergentes, siendo fundamental el hecho de conservarlos ocultos, ya sea por vergüenza pública o que su valor resulte de índole íntima, compartible solo para la unidad o pocos. Si mi anhelo fuese destacar ese conocimiento tan erudito, recorrería caminos llanos o escabrosos con el anhelo de embanderar su exteriorización, pero al bucear en la humillación ajena descubro rocas no inherentes al caso, por ende sigo retaceando al medio el despliegue de mi excelente aprendizaje, regocijándome en el presente disfrutando de mi sabrosa vanidad. |
Otra gama de fines también son destacables, pero no alcanza la superficie de la tierra como pizarrón descriptivo, ya que cada personalidad busca metas alternativas comunes a pocos o privativas; basta con enumerar la sumisión ajena, comercializar ganancias con seres disminuidos a mis ojos, apoderarse de cuerpos, someter voluntades para golpear a terceros, que de cierta manera hacen responsable al humillado por su escasa aptitud de respuesta, por ende de sus inválidos actos y consecuencias, asumiendo que el abuso beneficia al comensal pero sin saber nunca el precio a pagar.
La humillación vengativa adquiere otro tono de motivación, ya que siendo una respuesta oficia como el filo de una espada sin acero, que daña en todos los sentidos y su reiteración es intemporal, resultando la intención la destrucción del espíritu enemigo hasta su exilio social, asumiendo en forma tácita que la exterminación ajena debe consagrarse hasta su totalidad. Pero el devaneo intelectual no siempre se satisface con el objetivo concluido, sino que lo convierte a lo largo del tiempo en un medio de suprema existencia, siendo la insatisfacción esa inefable presencia cotidiana que autodestruye al operador hasta que la tarea lo encierra dentro de los párpados que nunca descansan.
Entendamos que humillar al ajeno no es un juego ni un deporte, es el escalón necesario para descender hasta las cenizas de la trascendencia, dejando allí —mezclado en el hollín— la razón de ser como ente individual y racional para despertar al instinto que consume el tiempo existencial hasta corporizarlo en humo. |