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Saborear arena
C por Teodoro Valentin - 10-Mayo-2013
 
Subsidiar la incongruencia implica que el timón no tiene manos conductoras.

Si quienes abonan los salarios oficiales no pueden rescatar su inversión, demuestra claramente que su tenor empresarial vibra por debajo de la marca cero. La consecuencia directa de esta apreciación nos lleva hacia el ocaso del crecimiento, ya que hace pocas generaciones que el concepto de la democracia abriga al mundo civilizado, repartiendo golosinas de libertad en un instante denominado elecciones, pero que exige silencio y sumisión durante años donde el elegido disfruta de su autoridad de manera absolutista.

Mientras la desorientación generalizada derrumba ilusiones de vida, es obligación de los inversores continuar con su rutina impositiva, conformándose con visualizar el deleite del poder ante desmanes ilimitados y giros de rumbo empujados por la rosa de los dividendos personalizados. Siempre la impotencia genera rencor, que una vez acumulado presiona sobre el sentido común hasta ingresar a través de los portones que separan la moral de la delincuencia.

Primero se justifican los actos delictivos con las falencias básicas, luego con la generalización de la corrupción hasta desenfrenarse en un acto de vida aceptado como medio, educando a los vástagos en la validez de la opulencia como único valor de existencia. Se desmorona la cultura ante la libertad marginal, así como se replantean valores elementales en el tablero de la negociación, perdiendo la dirección ascendente dentro de un oasis cuyo néctar es el placer circunstancial.

Toda sociedad rechaza la bacteria del robo para no contaminarse y permitir encadenar los códigos de vida en la validez de la herencia, pero cuando en esa cadena vivencial se quiebra un eslabón es inmediato reparar el mismo o la continuidad resbala hacia la inclusión de nuevas tendencias y modismos extranjeros. Esta invalidez se acrecienta cuando la misma autoridad busca desarticular al conjunto, superando con éxitos profundos la otrora unión nacional, para ingresar fraudes novedosos dentro de la tierra de nadie.

Se convierte así a una popularidad en una consecuencia feudal, donde a cambio de nada se entrega el período terrenal; solo basta un pequeño equipo de entrenadores para monitorear una reacción generalizada, manipulando al miedo como a ese lápiz que ensucia al papel con letras negras y manchas tenebrosas, pero que no lastiman la piel ni los músculos que deben seguir trabajando para valorizar la permanencia.

Este entramado no siempre es planeado. Suele ocurrir que se conforma vegetativamente en el tiempo y de repente la situación se generó sin intenciones primarias, pero al ser detectada por oportunistas estadistas, el acto de aprovecharlas se encuentra incluido en el programa natural de la ambición. Tentar es el primer paso, concretar es el segundo y abusar cierra el círculo del placer potencial.

Los caminos terrenales son visualizados, los etéreos pueden ser vaticinados, pero la reacción a un impulso no es mesurable ni previsible. Solo basta con respetar para evitar la ruptura del vidrio, el cual es irreparable, sabiendo que su reemplazo es ineludible, necesario y abriga la conciencia.

 
 
 
 
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